… las gasta buenas la Compañía!!
ᑕᗩᑭITᑌLO 1 – LOS VENCIDOS - 1910
"A
falta de mejor refugio, el curioso viajero tiene que acogerse al Círculo, donde
los camareros dormitan. Frente a frente están las calles derribadas; más allá,
los hombres trabajan como pigmeos en las tareas de la «corta». En medio de
tanto ruido, el Círculo retiembla levemente. Luego aumenta la trepidación, y de
la ventana próxima caen sobre mí granos de cal y de arena. ¿Estaré seguro? En
el pasado desastre, al Círculo también le tocó lo suyo, y ahora contemplo con
recelo la gran grieta que baja por la ventana dividiendo el edificio en dos
mitades.
-
¿Por qué retiembla tanto la casa?-pregunto a un camarero que despierta.
- No
sé. Quizás barrenos de la contramina.
- La
casa ha debido de retemblar tanto, que un temblor más no la derribará; pero la
prudencia me ordena salir pronto... ¿Adónde voy?... Lo único que a estas horas
puede distraerme son los trabajos de la «corta». Aun a riesgo de que los
guardas me expulsen por tercera vez, recorro las calles que desplomó el
hundimiento.
- Allá,
al término, junto a la ancha sima abierta para hurtar a la tierra su cobre
codiciado, quedan los tristes restos de una casa, y a su sombra encuentro a un
hombre tiznado que fuma contemplando a la gente que en la «corta» trabaja. Es
un mecánico que espera a la sombra de las ruinas las averías que ocurran en las
locomotoras de aquella sección, para ir a repararlas.
- ¿Me
permitirá estar aquí?- le pregunto.
-
¡Por mí... ! Tenga cuidado con los guardas... ¿Quiere ver los barrenos?
-
¿Disparan esta tarde?
-
Ya no pueden tardar; a las seis.
-
¿Dónde?
-
Allí; frente a nosotros.
Durante
diez minutos me va explicando hasta dónde llegaba el pueblo años pasados y
hasta dónde la montaña que están cortando. Para extraer el mineral fueron
derribando casas, y en su lugar ha quedado un gran vacío, la ancha sima que
ahora nos separa del monte donde van a disparar los barrenos.
-
Por este sitio- me dice indicando un punto de la sima- ocurrió años pasados una
cosa muy graciosa... Ahí había una casa habitada por su propietario. La
Compañía quiso comprársela, y él no accedió. Le ofreció doble, y nada... El
hombre se empeñaba en que le diesen mucho más... ¿Y sabe usted lo que hizo la
Compañía?
-Algún
disparate.
- Sí, señor; pero que se lo merecía el otro por ambicioso. La Compañía le cercó la casa por doble vía férrea. Los trenes pasaban cada segundo silbando y abriendo las válvulas al confrontar con ella. Entrar o salir era peligrosísimo, y no había hora en que los chiquillos del dueño no corriesen el riesgo de morir aplastados. El hombre se atemorizó, y a los pocos días quiso enajenar la casa por lo que le habían ofrecido. La compañía se hizo la sueca, y siguió lanzando los trenes alrededor del edificio. El pobre señor creía volverse loco entre tantos peligros y ruidos, que no le dejaban dormir. Pidió lo que estrictamente valiese la casa, y la Compañía siguió sorda, y los trenes rodando y rugiendo y amenazando derribarla con el incesante trepidar. ¡Con treinta mil reales tuvo que conformarse! ¿Qué le parece?
-
Que las gasta buenas la Compañía.
-
Con ella no se puede jugar...
-
Los barrenos van a empezar -me dice el mecánico……"
LAS LUCHAS DE NUESTROS
DÍAS – LOS VENCIDOS – 1910 – Manuel Ciges Aparicio
Los hogares nunca perdían el infernal olor a
azufre.
Don Minero era el más viejo de todos los
mineros que estaban sentados en los bancos de la plaza, de hierro fundido, con
las siglas dominante de la empresa explotadora. Tiene muchos años, casi se
podría decir que tiene todos los años. Dice que era capataz en Filón Sur, pero
nunca pasó de zafrero. Gazapea sobre una descomunal pata de palo, pintada
inexplicadamente de colorado. Sobre su desdentada boca le cuelga siempre un
gordo cigarrillo mal quemado que lo hace toser hasta el sofoco.
Hubo un tiempo, un largo y penoso tiempo, en el que era prácticamente imposible respirar el aire casi sólido que nos imponían las calcinaciones del mineral.
Don
Minero estaba hablando en un tono dolorido. Quiere que su historia sea
escuchada atentamente. Hoy cuenta lo que le contó a él su padre en las largas
noches de invierno, mientras la lluvia caía insistentemente, y el viento
llamaba acuciante a las puertas del barrio de “La Alpargata” donde vivían. Barrio
humilde, populoso y jaranero, donde, para mejor disimular la pobreza, se
blanqueaban las pequeñas fachadas hasta la exageración y se colgaban latas y
tiestos de geranios de los deprimentes ventanucos.
Su
padre, minero viejo y silicoso, aprovechaba los pequeños descansos de sus
ataques de tos para cumplir con la hermosa tarea de transmitir oralmente el
sufrimiento, las luchas, las injusticias y a través de todo ello los logros
sociales de Riotinto.

No
se hacía nada para combatir los humos. No se tomaban medidas para reducir los
efectos letales de la continua manta destructora, como tampoco se tomaron ni
para evitar ni para compensar el hundimiento de parte del pueblo, víctima de la
voracidad insaciable de la extranjera compañía explotadora.
Cuando
soplaba el viento solano, la extensa y pesada nube de humo la manta, se
extendía por el pueblo y por todo el contorno quemando flores, cosechas y
pulmones. Había días en los que la manta de humo era tan espesa, sólida,
masticable, que no se podía respirar. Entonces, hasta la compañía tuvo que
reconocer lo peligroso de la situación, y autorizó a los trabajadores para
cuando el sofoco estaba a punto de convertirse en ahogo y en muerte, abandonar
los tajos y buscar altura donde el aire permitiera ser respirado.
Don
Minero hace una pausa, lía sin prisas un cigarro, se lo pone en la boca, lo
acomoda a su gusto entre los labios, lo enciende, le da una amplia chupada, y
continúa … recuerda muy lejos en su memoria, casi perdido en el mundo de los
sueños, como su madre lo sacaba a veces de la cama -la huida había que hacerla
en el momento preciso del ataque y este no tenía horas fijas- y lo lanzaba a la
calle oscura y angustiada que se iba llenando de fantasmas reales que gritaban
mientras corrían en busca de la altura salvadora.
Llegó
un momento en que ya era imposible resistir más. Los obreros protestaron, los
campesinos se unieron a sus protestas y en los pueblos cercanos se organizaban
comités para unificar reclamaciones ante las podridas autoridades por las perdidas
cosechas y los campos devaluados. Hubo plantes, conatos de huelga...
Y
Don Minero, con los hombros caídos y la mirada baja, hizo un gesto con la mano
y se fue alejando, mientras se oía cada vez más difuminado el golpear en las
losetas de la plaza su colorada pata de palo.
BIBLIOGRAFÍA
CUENTOS DEL VIEJO CAPATAZ – 1995 – Juan Delgado López
Calle Sanz o Calle del Perejil, donde desde el siglo xviii se montaba un mercado semanal, antes de la llegada de "los ingleses". En la que que luego fuera Plaza de la Constitución, tristemente recordada por los sucesos de 1888, los zalameños más avisados y los arrieros de la Sierra mostraban su mercancía en tenderetes improvisados o mantas sobre el ensanche de la calle. Su nombre proviene probablemente de los abastos que se vendían allí.
ResponderEliminarGracias por esta interesante aportación.
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